La ultraderecha y la batalla cultural: las palabras como el arma más valiosa

Desde la resignificación de términos como “woke” o “Agenda 2030”, hasta etiquetas locales como “octubrismo” o “facho”. El lenguaje se ha convertido en la herramienta principal de la llamada “batalla cultural”. Expertos señalan que el uso estratégico de estas palabras simplifican en exceso el debate, movilizando más desde la emoción, y terminan centrándolo en la descalificación. Advierten que puede suponer una amenaza para el sistema.

La política ha desplazado gran parte de su conflicto del ámbito de las propuestas económicas, de seguridad o políticas sociales, al terreno de los símbolos y el lenguaje. Es lo que se conoce como la “batalla cultural“, una pugna donde la ultraderecha ha desplegado una estrategia eficaz: la apropiación y resignificación de palabras para convertirlas en armas arrojadizas.

Términos como “woke”, “Agenda 2030”, o en el caso chileno, “octubrismo” y los ataques personales al Presidente Gabriel Boric, han dejado de ser meras descripciones para transformarse en marcos conceptuales, diseñados para delimitar el campo de juego político, definir al enemigo y cohesionar a las propias bases.

La disputa por imponer definiciones se ha vuelto central en la estrategia política actual, convirtiendo el lenguaje en un campo de batalla ideológico. Foto de autoría propia.

La construcción del “enemigo”

Esta táctica no es improvisada. A nivel global, conceptos complejos se vacían de su contenido original para llenarse de cargas negativas. Un ejemplo claro es la “Agenda 2030” de la ONU, originalmente un plan de objetivos de desarrollo sostenible, que en la retórica de la derecha radical se presenta como una conspiración globalista.

Un estandarte de esta lucha ha sido el presidente del partido de ultraderecha español VOX y partidario del Partido Republicano, Santiago Abascal. Este se ha declarado en múltiples ocasiones en contra de la Agenda 2030, declarando el plan como: “Un intento criminal de dominarnos“.

Similar destino sufre el término “woke”, nacido en la lucha racial estadounidense para denotar “estar alerta ante la injusticia”, y hoy utilizado como un paraguas peyorativo para descalificar cualquier política progresista, feminista o de diversidad sexual.

Ejemplos de esta “lucha contra el wokismo” es la campaña presidencial de José Antonio Kast, donde ha tenido diversas intervenciones en la que se ha referido al tema. “Vamos a quitar la cultura woke fueron las palabras del ex senador en el Congreso de Santiago, en su primer discurso por la carrera presidencial a inicios de año, señalando dicha lucha como una de sus banderas.

Otro ejemplo en la region del uso del lenguaje en la derecha para diferenciar “buenos y malos”, es el termino “kuka” o “zurdo” en Argentina. El actual presidente, Javier Milei, utilizó los términos de forma reiterada tanto en su campaña como en su actual mandato, dándoles una connotación negativa de forma sistemática.

El arma y su mecánica

Para los analistas, la clave de estos términos radica en su vaguedad. Según explica Cristóbal Hinojosa, sociólogo de la Universidad Diego Portales, la efectividad de etiquetas como ‘Agenda 2030’ o ‘woke’ es que funcionan como “significantes vacíos” que permiten agrupar diversos miedos.

“No importa si la gente entiende los objetivos de la ONU, lo que importa es que el término se ha cargado de una narrativa. Esto permite a la ultraderecha definir al “enemigo”, la ONU o el ‘progre’ que quiere imponer cuotas o destruir la familia tradicional”, declaró el sociólogo.

Hinojosa también menciona que existe un sentido conspiranoico alrededor del fenómeno: “al simplificar la realidad en una conspiración, se fortalece la cohesión del grupo ya afianzado, dándoles una causa clara por la que luchar: la defensa de ‘lo nuestro’, y eso puede ser su país, la familia o la tradición”, señaló.

El sociólogo enfatiza en el rol de la redes: “Las redes sociales son el caldo de cultivo para esta estrategia por la simplificación y el efecto eco. Los algoritmos premian la emoción, el conflicto y el contenido corto, lo que favorece intrínsecamente a la etiqueta mordaz sobre el análisis de tres párrafos. Esto crea cámaras de eco donde el término se repite y normaliza rápidamente dentro de la tribu ideológica”, cerró.

Para que una palabra se convierta en slogan político, debe pasar por tres fases de transformación que la ultraderecha ha sabido explotar:

Una apropiación, donde el término suele nacer en un contexto neutro o incluso positivo. Woke nace en el argot afroamericano, mientras Agenda 2030 como documento técnico de la ONU.

Luego viene la negativización o carga tóxica, en la que los estrategas políticos vacían el significado original y lo rellenan con miedos contemporáneos.

Finalmente, se logra la normalización a través de la repetición incesante, haciendo que el ciudadano, los medios, e incluso sus rivales políticos, comiencen a usarlo sin cuestionar su carga ideológica, legitimando el termino.

De todas formas, cabe destacar que no es de todas las líneas de pensamiento este factor de la batalla lingüística. Miguel Astorga, cientista político de la Universidad Católica, enfatizó que: “Para personas externas a la política, son términos que no entienden su significado. Su victoria real viene en la imposición de los temas en la agenda, y ahí es cuando la terminología viene a colación”.

El frente chileno: De la simplificación al ataque personal

En Chile, esta dinámica tiene sus propias expresiones. El término “octubrismose utiliza recurrentemente para reducir el fenómeno del estallido social de 2019 a una mera violencia irracional, omitiendo sus causas estructurales y criminalizando las demandas derivadas de él.

Esta situación se vio constantemente repetida después de la segunda elección de consejeros constituyentes el año 2023. Ahí, la victoria por mayoría de la derecha chilena dio pie a que representantes del sector hablen en dichos términos: “es una derrota gigante del octubrismo. Hoy fue el triunfo de la oposición“, señaló el diputado UDI, Juan Antonio Coloma.

Es una operación de simplificación que sigue los patrones de la ultraderecha alrededor del mundo: convertir un fenómeno social denso en una etiqueta de condena instantánea, amplificada por la velocidad de las redes sociales.

Quizás la versión más agresiva de esta estrategia en Chile es el traslado del debate de las ideas al ataque personal directo. El ejemplo más claro es el uso constante del apodo “el merluzo” para referirse al Presidente Gabriel Boric.

Este apodo puesto por un periodista español en el año 2022, quien a modo de critica utilizó el termino desde un punto de vista personal, termino siendo adoptado e impuesto por la oposición ciudadana, buscando infantilizar y socavar la autoridad del presidente.

De todas formas, cabe recalcar que, esta instrumentalización del lenguaje no es exclusiva de un sector político. En la vereda opuesta, la izquierda chilena ha incurrido en lo mismo con el uso del término “facho”.

Originalmente como “fascista” abreviado, el concepto sufrió una mutación en su significado y uso. Hoy se utiliza para etiquetar a cualquier persona que milite en la derecha, defienda el libre mercado o simplemente disienta del progresismo.

Al igual que “octubrismo”, el rótulo “facho” busca cancelar moralmente al interlocutor, anulando la posibilidad de debate y convirtiendo al adversario en un enemigo.

“Las palabras crean realidades”

El debate lingüístico en la política valida una premisa en la filosofía del lenguaje: las palabras no solo describen el mundo, sino que lo construyen.

Filósofos como Ludwig Wittgenstein postulaban que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Al restringir el vocabulario político a etiquetas agresivas, se restringe también la capacidad de imaginar soluciones democráticas complejas. El filósofo francés, Jean-Paul Sartre, por su parte, advertía que el lenguaje nunca es inocente: al nombrar algo, lo revelamos y, al revelarlo, lo transformamos.

Cuando un sector político impone un término como “woke” o “merluzo”, no está simplemente insultando; está intentando alterar la percepción colectiva, forzando a la sociedad a mirar el mundo a través de su propio lente ideológico.

Desde la filosofía, esta práctica enciende alertas sobre la calidad de la democracia. Henry Mosqueira, licenciado en filosofía de la Universidad Católica, advierte sobre el peligro de sustituir el argumento racional por el ataque personal.

“La sustitución del argumento por el ataque personal es síntoma de un quiebre en el contrato de la democracia con la razón“, sintetizó el licenciado. “Cuando se recurre sistemáticamente a esto, se le dice al público: no escuches la idea, mira lo indigno que es tal. Esto es antidemocrático porque desvía la atención del problema y trivializa el ejercicio del poder, obstaculizando el juzgar con imparcialidad”, argumentó el licenciado.

En última instancia, la batalla cultural librada en la arena lingüística no busca el entendimiento mutuo, sino la victoria mediante la imposición de un relato. Al reducir a eslóganes y enemigos caricaturizados, el riesgo latente es el empobrecimiento del debate público, vital para sostener una sociedad.

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